La obesidad y las enfermedades cardiovasculares son dos de las grandes epidemias del siglo XXI según la OMS, y están conectadas por mecanismos que van mucho más allá del peso en la báscula. La grasa que se acumula en el abdomen, la inflamación crónica y la resistencia a la insulina (la menor respuesta de las células a la insulina) preparan el terreno para infartos, ictus e insuficiencia cardíaca. Esta guía repasa cómo se relacionan, qué cifras de cintura y peso son las que más importan y qué medidas concretas tienen evidencia para reducir ese riesgo.
Qué ocurre dentro del cuerpo cuando hay exceso de grasa
El tejido adiposo no es solo un almacén pasivo. La grasa visceral, la que rodea los órganos dentro del abdomen, libera al torrente sanguíneo unas moléculas llamadas adipocinas, que favorecen una inflamación de bajo grado y reducen la capacidad de los vasos sanguíneos para relajarse. Este estado inflamatorio se asocia a su vez con resistencia a la insulina: las células dejan de responder bien a la insulina, el páncreas tiene que fabricar más y, con el tiempo, puede aparecer diabetes tipo 2.
A la vez, la activación del sistema nervioso simpático, es decir, el sistema que pone al cuerpo en alerta, y los cambios hormonales propios del exceso de grasa colaboran en subir la tensión arterial. El resultado es un cóctel que afecta al corazón y a las arterias de forma simultánea: presión más alta, arterias más rígidas, sangre con peor perfil de grasas y más glucosa circulando.
Las enfermedades cardiovasculares que más se asocian a la obesidad
Según los datos publicados por la OMS, las enfermedades cardiovasculares causaron alrededor de 19,8 millones de muertes en 2022, casi un tercio del total global, y la obesidad está entre sus principales factores modificables. Las que más se relacionan con el exceso de peso son:
- Hipertensión arterial. Es más frecuente en personas con exceso de peso y tiende a mejorar con pérdidas de peso moderadas, según se recoge en revisiones dedicadas a la obesidad y la hipertensión.
- Cardiopatía coronaria. Es el estrechamiento de las arterias que llevan sangre al corazón. La inflamación crónica, el colesterol LDL alto y la diabetes tipo 2 aceleran la formación de placas dentro de esas arterias.
- Fibrilación auricular. Una arritmia, un latido irregular del corazón, que multiplica el riesgo de ictus. Las personas con obesidad tienen un riesgo mayor de presentarla y de que reaparezca tras un tratamiento.
- Insuficiencia cardíaca, sobre todo la que mantiene una fracción de eyección conservada, es decir, con la capacidad de bombeo aparentemente normal pero con rigidez del músculo cardíaco. La revisión publicada en Mayo Clinic Proceedings la describe como una de las principales consecuencias cardíacas de la obesidad.
- Ictus, tanto por obstrucción de una arteria como por hemorragia. La hipertensión, la diabetes y la fibrilación auricular, todas más frecuentes con exceso de peso, son las principales causas.
Conviene recordar que estas asociaciones proceden sobre todo de estudios observacionales, que muestran relación pero no pueden demostrar por sí solos que la obesidad sea la causa única de cada caso.
Por qué la grasa visceral y el perímetro abdominal importan tanto
No toda la grasa sobrante pesa igual en el riesgo. La que más cuenta es la visceral, la que se acumula entre los órganos abdominales. Esta grasa es metabólicamente muy activa: produce más adipocinas inflamatorias y menos adiponectina, una hormona que protege los vasos sanguíneos.
Una forma sencilla de aproximarse a esa grasa en casa es medir el perímetro de la cintura a la altura del ombligo, con la cinta paralela al suelo y al final de una espiración normal. En población adulta europea, los umbrales usados como referencia internacional de riesgo cardiovascular elevado son:
- Más de 102 cm en hombres.
- Más de 88 cm en mujeres.
Superar esas cifras se asocia de forma independiente, es decir, incluso teniendo en cuenta el peso total, con más hipertensión, más diabetes tipo 2 y más enfermedad cardiovascular.
También se sabe que la distribución de la grasa importa más que el índice de masa corporal (IMC) por sí solo. Hay personas con peso normal según el IMC que acumulan grasa en el abdomen y presentan un riesgo más alto del esperado. Por eso el perímetro de cintura, combinado con el IMC y los análisis de sangre, ofrece una foto más completa que el peso solo.
Medidas concretas con cifras que pueden bajar el riesgo
Las recomendaciones genéricas de «comer mejor y moverse más» sirven poco si no se aterrizan en números. Aquí van umbrales con evidencia publicada:
- Perder entre un 5% y un 10% del peso corporal ya produce mejoras medibles en tensión arterial, colesterol y glucosa. Para una persona de 90 kg, eso son 4,5 a 9 kg.
- Acumular entre 150 y 300 minutos semanales de actividad aeróbica moderada, como caminar a buen paso, montar en bicicleta o nadar. Un criterio sencillo: ir a una intensidad en la que se puede hablar, pero con algo de esfuerzo. Las guías de la OMS sobre actividad física marcan esa franja como la mínima para adultos.
- Añadir dos días por semana de ejercicios de fuerza, sobre todo si se parte de un peso alto, porque ayudan a mantener la masa muscular mientras se pierde grasa.
- Reducir las bebidas azucaradas y el alcohol a consumos puntuales, y reservar los ultraprocesados a una pequeña parte de la compra, no al centro de la misma.
- Dormir entre 7 y 9 horas con horarios regulares, ya que el sueño irregular y la privación favorecen los picos de insulina y de hambre. En personas con apnea del sueño, tratarla (con CPAP o con pérdida de peso) reduce la tensión y el riesgo cardiovascular.
- No fumar. El tabaco multiplica el riesgo cardiovascular y se asocia a una distribución de grasa más desfavorable.
Estas cifras son orientativas para personas adultas sin enfermedades que limiten la actividad, y los cambios grandes de peso se sostienen mejor con un plan personalizado, no solo con fuerza de voluntad.
Cuándo pedir ayuda profesional
Conviene consultar con un médico o con un equipo multidisciplinar si aparece alguna de estas situaciones:
- Perímetro de cintura por encima de los umbrales citados, sobre todo si se acompaña de tensión alta, azúcar alterado o colesterol elevado.
- Dolor o presión en el pecho al esfuerzo o en reposo, palpitaciones frecuentes, sensación de falta de aire con esfuerzos pequeños o hinchazón de tobillos sin causa clara. Son señales que requieren valoración urgente.
- Ronquidos fuertes con pausas de respiración referidas por la pareja, somnolencia diurna marcada o despertares con sensación de ahogo: pueden apuntar a apnea del sueño.
- Antecedentes familiares de infarto o ictus antes de los 55 años en hombres o de los 65 en mujeres.
- Intentos repetidos de bajar de peso que no se sostienen en el tiempo, sobre todo si aparecen atracones o una relación difícil con la comida. Aquí un profesional de psicología puede ser clave.
El tratamiento farmacológico de la obesidad, cuando está indicado, lo prescribe y supervisa un médico tras valorar beneficios, riesgos y contraindicaciones. No conviene buscar atajos por cuenta propia.
Preguntas frecuentes
¿Bajar solo un poco de peso ya sirve para reducir el riesgo cardiovascular?
Sí. En adultos con sobrepeso u obesidad, pérdidas sostenidas de un 5% a un 10% del peso corporal mejoran la tensión arterial, el colesterol LDL, los triglicéridos y la glucemia. Es un objetivo realista y suficiente para empezar.
¿La grasa del abdomen es peor que la de caderas o muslos?
En general, sí. La grasa visceral, la del abdomen profundo, es la que más se asocia a hipertensión, diabetes y enfermedad cardiovascular. La grasa de caderas y muslos, llamada grasa subcutánea periférica, tiene un perfil metabólico menos agresivo, aunque un exceso total sigue siendo un problema.
¿Se puede tener un peso «normal» en la báscula y aun así riesgo alto?
Sí. Hay personas con un IMC dentro de la normalidad pero con grasa acumulada en el abdomen, baja masa muscular o alteraciones en el colesterol o la glucosa. Por eso conviene mirar el conjunto: IMC, perímetro de cintura, análisis de sangre y antecedentes familiares.
¿El ejercicio compensa por sí solo si no se baja de peso?
Mejora varios marcadores de riesgo, como la tensión, la sensibilidad a la insulina o el estado de ánimo, pero el efecto combinado de ejercicio y pérdida de peso es mayor que el de cada uno por separado. Si cuesta bajar de peso, moverse sigue mereciendo la pena, y un profesional puede ayudar a ajustar el plan.
¿Tener familiares con enfermedad cardiovascular cambia lo que debo hacer?
Sí, porque el riesgo se acumula. La herencia no se modifica, pero sí se pueden reducir el resto de factores: peso, tensión, colesterol, tabaco, sueño y actividad física. Cuando hay antecedentes familiares, conviene un control más temprano y regular de estos parámetros.
Reserva online tu primera consulta de primera evaluación con un especialista Lonvital.
Pedir citaComprueba tu situación
Comprueba el tratamiento más adecuado para tu caso y baja de peso sin recuperarlo
Responde unas preguntas sobre tu peso y verás una orientación de tratamiento al momento; para verla te pedimos tu nombre y un contacto.
Fuentes
¿Quieres un plan para tu caso?



