La obesidad grado 1 es el primer escalón dentro de la obesidad como enfermedad, y se diagnostica cuando el Índice de Masa Corporal (IMC) se sitúa entre 30 y 34,9 kg/m². Según la Organización Mundial de la Salud, en 2022 alrededor del 16% de los adultos del mundo ya vivían con obesidad, una cifra que se ha más que duplicado desde 1990. No es solo «tener unos kilos de más»: es una enfermedad crónica que conviene abordar pronto, porque el cuerpo empieza a acusarla antes de lo que parece.
Qué es la obesidad grado 1 y por qué no es sobrepeso
El IMC es la herramienta que usan las guías médicas para clasificar el peso. Aunque tiene limitaciones (no distingue bien entre grasa y músculo, ni cómo se reparte la grasa), sigue siendo la referencia internacional porque es fácil de aplicar a toda la población.
Los rangos principales, según la OMS, son:
- Por debajo de 18,5: bajo peso.
- De 18,5 a 24,9: peso normal.
- De 25 a 29,9: sobrepeso.
- De 30 a 34,9: obesidad grado 1.
- De 35 a 39,9: obesidad grado 2.
- A partir de 40: obesidad grado 3 (también llamada mórbida en algunas guías).
El sobrepeso (IMC 25-29,9) aparece antes que la obesidad en esta escala, no después. Son categorías distintas: cuando el IMC cruza la barrera de 30, se pasa de sobrepeso a obesidad grado 1. De hecho, dentro del sobrepeso también se habla a veces de «sobrepeso grado 1» (IMC 25-26,9) y «sobrepeso grado 2» (IMC 27-29,9) en algunas clasificaciones, pero sigue siendo sobrepeso, no obesidad.
En España, la Sociedad Española para el Estudio de la Obesidad (SEEDO) utiliza esta misma clasificación en sus guías, con pequeños matices en los puntos de corte.
Sobre el término «obesidad tipo 1»: en medicina no se usa. La diabetes tipo 1 y tipo 2 tienen mecanismos diferentes (en una el cuerpo deja de producir insulina, en la otra se vuelve resistente a ella), pero la obesidad, sea del grado que sea, es la misma enfermedad: un exceso de grasa corporal que afecta a la salud. Lo que cambia entre grado 1, 2 y 3 es el nivel de riesgo.
Síntomas y señales más habituales
La obesidad grado 1 no siempre avisa al principio. Muchas personas «se ven bien» o «no se sienten enfermas», pero el cuerpo va acumulando señales. Las más frecuentes son:
- Cansancio constante, sobre todo al subir escaleras, caminar una cuesta o cargar peso.
- Falta de aire con esfuerzos que antes eran normales.
- Dolor en rodillas, caderas o espalda baja por la carga extra.
- Sudoración excesiva con mínimos esfuerzos.
- Ronquidos, despertares con sensación de ahogo o sueño poco reparador (posible apnea del sueño).
- Irritación o infecciones en los pliegues de la piel (axilas, ingles, bajo el pecho).
- Cambios de humor, insatisfacción con la imagen corporal o retraimiento social.
Cómo se reparte la grasa también importa, y aquí sí hay diferencias por sexo:
- En mujeres, la grasa tiende a acumularse en muslos, caderas y glúteos. Es la llamada distribución ginoide.
- En hombres, se acumula más en abdomen y alrededor de las vísceras. Es la distribución androide, y es la que se asocia a un mayor riesgo metabólico.
Riesgos para la salud
El IMC por sí solo no cuenta toda la historia, pero a partir de 30 el riesgo de tener otras enfermedades sube de forma clara. El NIH recuerda que la obesidad se relaciona con un buen número de complicaciones. Entre las más relevantes:
- Diabetes tipo 2: la grasa visceral dificulta que la insulina funcione bien.
- Hipertensión arterial y enfermedades cardiovasculares.
- Apnea obstructiva del sueño.
- Hígado graso (esteatosis hepática).
- Colesterol alto y triglicéridos elevados.
- Artrosis, sobre todo de rodilla y cadera.
- Algunos cánceres (colon, endometrio, mama en menopausia, riñón).
- Problemas de fertilidad.
- Ansiedad, depresión y estigma social.
Una herramienta útil para «medir» el riesgo real es el sistema de estadificación EOSS (Edmonton Obesity Staging System), que tiene en cuenta no solo el IMC, sino también las enfermedades asociadas, la calidad de vida y el estado mental. Dos personas con un IMC de 32 pueden tener riesgos muy distintos según su EOSS.
Para profundizar, puedes consultar nuestro artículo sobre enfermedades asociadas a la obesidad.
Cómo se aborda en España
En el sistema público español, el primer paso suele ser la consulta con el médico de atención primaria. Desde ahí se puede:
- Confirmar el IMC, medir el perímetro de cintura y pedir una analítica (glucosa, hemoglobina glicada, perfil lipídico, hormonas tiroideas).
- Descartar causas secundarias (hipotiroidismo, síndrome de Cushing, algunos fármacos).
- Ofrecer consejo dietético básico o derivar a la consulta de enfermería o a la unidad de nutrición del centro de salud, cuando existe.
- Iniciar o ajustar tratamiento para comorbilidades (hipertensión, diabetes, colesterol, apnea del sueño).
- Derivar a especializada (endocrinología, medicina interna o unidades de obesidad) si no hay respuesta o si hay complicaciones importantes.
Sobre los fármacos para perder peso: solo deben prescribirse y supervisarse por un médico. La Agencia Española de Medicamentos y Productos Sanitarios (AEMPS) tiene autorizados varios principios activos para el tratamiento de la obesidad en adultos con IMC igual o superior a 30, o a partir de 27 cuando hay comorbilidades. No son «pastillas milagrosas»: forman parte de un plan que incluye alimentación, actividad física y seguimiento, y un profesional debe reevaluarlos periódicamente.
La cirugía bariátrica (reducción de estómago, by-pass) suele reservarse para IMC a partir de 40, o desde 35 si hay enfermedades graves asociadas. En la mayoría de los casos de obesidad grado 1 no es la primera opción, pero la decisión se individualiza según el caso.
Para más información, revisa nuestra guía de tratamientos para la obesidad.
Cambios de hábitos que mejor funcionan
No hay una dieta «mágica» para la obesidad grado 1. Las dietas muy restrictivas suelen funcionar a corto plazo y fracasar a medio plazo. Lo que muestra mejor evidencia es un plan que se pueda mantener en el tiempo. Algunas piezas clave:
- Alimentación: priorizar verduras, legumbres, fruta, cereales integrales, frutos secos y proteínas de calidad (pescado, huevos, legumbres, aves). Reducir bebidas azucaradas, alcohol, fritos y ultraprocesados. No hace falta contar calorías obsesivamente, pero sí ajustar las porciones si aparece hambre frecuente.
- Movimiento: combinar ejercicio de fuerza (para mantener masa muscular) con caminatas u otro aeróbico moderado. La OMS recomienda al menos 150-300 minutos semanales de actividad moderada, o 75-150 minutos de actividad intensa, adaptados a la condición de cada persona. Empezar con caminatas de 20-30 minutos y subir poco a poco ya marca diferencias.
- Sueño: dormir entre 7 y 9 horas. Dormir mal altera las hormonas del hambre (ghrelina y leptina) y favorece la grasa abdominal.
- Estrés: técnicas como respiración diafragmática, meditación breve o yoga pueden ayudar a no usar la comida como vía de escape.
- Alcohol: limita su consumo. Aporta calorías vacías y frena la pérdida de peso.
Pequeños cambios sostenidos en el tiempo suelen funcionar mejor que grandes esfuerzos de unas semanas.
Cuándo pedir ayuda profesional
Acudir a un profesional no es «rendirse», es empezar por buen camino. Estas señales indican que conviene pedir cita:
- Tu IMC está en 30 o más, confirmado por tu médico.
- Tienes sobrepeso (IMC 25-29,9) y factores de riesgo como diabetes, hipertensión, colesterol alto o antecedentes familiares.
- Has intentado perder peso por tu cuenta varias veces y recuperas lo perdido (el llamado efecto «yo-yó»).
- Aparecen síntomas nuevos: ronquidos fuertes, pausas al dormir, dolor en el pecho, hinchazón de piernas, tristeza profunda o aislamiento.
- Comes de forma descontrolada en poco tiempo, con sensación de no poder parar.
- Notas que la comida afecta a tu estado de ánimo o a tu vida social.
El equipo ideal suele combinar médico, nutricionista, profesional de actividad física y, si hay atracones, ansiedad o problemas de imagen corporal, también un psicólogo. Pedir ayuda a tiempo mejora mucho el pronóstico.
Preguntas frecuentes
¿Cuál es la diferencia entre sobrepeso y obesidad grado 1?
El sobrepeso se sitúa en un IMC entre 25 y 29,9 y la obesidad grado 1 entre 30 y 34,9. La línea divisoria está en 30 de IMC: por debajo se habla de sobrepeso (con sus propios grados) y por encima empieza la obesidad. Son categorías distintas, no fases de una misma cosa.
¿Cómo se calcula bien el IMC?
Se calcula dividiendo el peso en kilos entre la altura en metros al cuadrado. Por ejemplo, una persona que pesa 85 kg y mide 1,70 m tiene un IMC de 85 dividido entre (1,70 × 1,70), es decir 29,4 (sobrepeso). El IMC es orientativo, no distingue masa muscular de grasa ni cómo se reparte, así que un profesional debe interpretar el resultado en conjunto.
¿La Seguridad Social cubre el tratamiento de la obesidad?
La atención en consultas de atención primaria y las pruebas para detectar comorbilidades están cubiertas. Algunos tratamientos farmacológicos aprobados por la AEMPS también se financian cuando se cumplen los criterios clínicos. La cirugía bariátrica se cubre en casos de IMC elevado con comorbilidades, según los protocolos de cada comunidad autónoma.
¿Cuándo se considera la cirugía bariátrica?
Las guías suelen recomendarla a partir de un IMC de 40, o desde 35 si hay enfermedades graves asociadas (diabetes mal controlada, apnea severa, hipertensión resistente). En la obesidad grado 1 no es la opción habitual y suele reservarse para casos muy concretos, siempre valorados por un equipo multidisciplinar.
¿Por qué no se usa el término «obesidad tipo 1»?
Porque la obesidad, sea del grado que sea, es la misma enfermedad: un exceso de grasa que afecta a la salud. Lo que cambia entre grado 1, 2 y 3 es el nivel de riesgo, no el mecanismo. Por eso se habla de grados (clasificados por IMC) y no de tipos, como sí ocurre con la diabetes.
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